¡HORROR! ¡Mi cuñada acaba de llamarme
y dice que viene de visita con sus demonios devoradores! ¡Estará
aquí en menos de media hora y no tengo nada que darles!
Querida amiga: ¿cuántas
veces le ha sucedido algo como esto? Supongo que, al igual que
a mí, en infinidad de ocasiones. Cuando no es la cuñada
es la suegra y si no, la amiga impertinente de la secundaria
que viene a viborear cómo decoró su casa, a hablar
mal de su marido y, por bien que usted la haya atendido, irá
a contar que todo lo encontró desordenado, amén
de que no le ofreció ni un vasito de agua (esto lo dirá
aunque usted le haya ofrecido una botella de champaña
y canapés de caviar y salmón). Aunque este tipo
de comentarios no se pueden evitar lo que sí podemos
hacer es atender a estas visitas como si se tratara de verdaderas
celebridades, de este modo, cada vez que mientan diciendo que
somos malas anfitrionas, su inconsciente las traicionará,
tendrán que bajarla mirada y alguna persona observadora
se dará cuenta de la mentira en que incurren nuestras
envidiosas detractoras.
Esta nueva sección
se la dedico a mi querida cuñada Cayetana Zambrano (de
algo tenía que servir la mujer, siquiera de inspiración).
Cayetana Zambrano es la esposa de mi hermano Melquíades
y es un verdadero dolor de cabeza. Ya se imaginarán que
no hay cosa que ella no haga bien, como suele suceder con las
cuñadas insoportables, y lo peor de todo es que proviene
de una de las más prominentes y aristocráticas
familias de refugiados españoles que llegaron a las paradisíacas
comarcas de Michoacán, por lo que es muy estirada, guisa
muy bien y conoce bastante de dulces. Por si fuera poco es asquerosamente
esbelta a pesar de que come como si fuera un hámster
cuyas mejillas estuviesen desesperadamente flácidas y
ansiosas de llenarse con comida de reserva.
Por otra parte Melquíades
y Cayetana tienen dos hijitos muy
inquietos, quienes devoran
(o destrozan, según sea el caso) todo lo que encuentran
a su paso. Ellos son Maximino, que tiene diez años y
Pascual, que tiene seis. Maximino y Pascual son dos auténticas
amenazas, rompe-vidrios y rompe-paciencias, cuyo repertorio
de travesuras ha llevado a un sinnúmero de personas a
rezarle a san Herodes en más de una ocasión y
a decir improperios contra Cayetana (cosa que yo hago esporádicamente
cada tercer día) y contra mi santa madre doña
Benigna, que es la que menos culpa tiene de sus desmanes. La
única manera de mantenerlos quietos durante unos minutos
es dándoles algún postre sabroso que sea muy divertido
comer, en especial si tiene aspecto gelatinoso, con tendencia
a salir por las comisuras de sus descaradas boquitas semejando
un asqueroso y colorido vómito, lo cual implica la cara
de asco del resto de mis hermanas y es un magnífico aliciente
para que las criaturitas no quieran levantarse de la mesa.
Usted me dirá que
lo más sensato es desaparecer de la casa cuando se presentan
tales visitas. No crea que desprecio su consejo; de hecho, así
lo hice una temporada, pero resultó que cuando volvía,
mi pobre madre estaba desquiciada y se desquitaba con todos,
principalmente conmigo que no me había quedado para ayudarla.
Tuve que buscar un nuevo método para hacer llevaderas
estas visitas demoníacas y decidí atacar por el
estómago, en parte para ver si engordaba a la flaca de
Cayetana y en parte para tener quietos a semejantes engendros.
Así pues, amiguita
linda, aquí les comparto algunas de mis recetas especiales
para VISITAS INESPERADAS E IMPERTINENTES (sección conocida
como La Tía Yaya Express -El Editor).
Las quiere (y comprende):
La
Tia Yaya
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