Estuve muy enamorada de
un tipo que conocí por internet. Ésta, mi historia,
es una de tantas que ocurren a diario en esta especie de ciberespacio
underground. Nuestra red de cada día, por la que pedimos
y oramos todos las hijas e hijos de esta generación X,
y de la que jamás quisiéramos dejar de prescindir.
Al menos es mi percepción, a pesar de todo, y a costa
de este presente hecho jirones, al que pertenezco y del cual
soy sobreviviente.
Tony era el chico más
guapo y sexy de todo el pacífico mexicano. En foto me
lo pareció. La primer imagen que recibí de él,
fue una de esas que te tomas en los parques, playas o ferias.
En suma, dónde haya gente - divertida y despreocupada-
que gaste lana, y sea capaz de pagarle a un fotógrafo
ambulante por llevarse un instante de su vida, impreso en un
pedazo de papel fotográfico, el cual de vez en vez le
recuerde que hubo tiempos mejores
¡Y un (a) amante!
Tony, radiante y luciendo un atlético cuerpo, abrazando
una sirena con melena rubia bajo una palmera con 3 cocos, en
un fondo compuesto por una mezcla de azul celeste y verde turquesa,
imitando a la perfección un océano infinito. Donde,
naturalmente, sólo su varonil rostro era real -y que
hubiera de impregnarse en negativo dentro de mi retina, a fuerza
de mirarla y casi idolatrarla. (¡Oh, sí!)
Ese era "mi Tony",
tan original, que daba gusto. En ese entonces y sin sospecharlo,
tenía en mi correo electrónico, la imagen que
habría de desencadenar lo que jamás imaginé,
y lo que aún en estos tiempos no acabo de lamentar. Lo
ridículamente estúpida que puedo llegar a ser
cuando me enamoro... ¡Y cuando me caliento!
Para más señas
lo conocí en el "Loving Chat ", una noche de
esas que navegas a ciegas y sin rumbo fijo (a lo pendejo, pues),
buscando quien escuche tus penas y entretenga solidariamente
tu insomnio persistente, uniéndose a tu patológica
costumbre por gastar los fines de semana conectada a internet,
acompañada únicamente por la sinfonía de
los sempiternos perros del amanecer. ( Advertí que podía
llegar a ser estúpida, más no loca, ¿o
sí?)
Por razones de espacio, omitiré algunos detalles por
demás obvios y altamente conocidos por todo aquel que
se precie de ser un experto cibernauta, hábil en el arte
de hacer amigos en los chats, e iré a la médula
del asunto que hoy me ocupa y necesito relatar: Tony.
De piel dorada, reluciente
a fuerza de untadas de bronceador, con cabellos rubios y desteñidos
por tanto asolearse, Tony sonreía a la vida desde una
hermosa casita con alberca y todo (herencia de un tío
gay), en el paradisiaco puerto de Acapulco. Alquilaba una pequeña
embarcación (lancha), como medio de transporte y auxilio
turístico en tan importante puerto mexicano. Pero lo
que realmente hacía que su existencia valiera la pena
e hiciera de él una persona importante (y atractiva),
en esta vida y en las otras (creía ciegamente en la reencarnación),
era su verdadera vocación: la de clavadista.
¡Era clavadista! Y
ni más ni menos que en la famosísima y mundialmente
conocida -adivinaron- "Quebrada". (Caí a sus
pies).
La mayoría de los
encuentros suscitados eran nocturnos, cargados de una emoción
indescriptible. Especie de citas concertadas a la luz de la
luna, (nomás que alumbradas por un monitor de 800 x 600
píxeles). Minutos lascivos e invertidos a un tiempo cachondo
y clandestino. Cada vez me entusiasmaba más.
Su plática, a golpe
de tecla y mouse, era seductora y envolvente. En cada encuentro
me impresionaba y por consecuencia transportaba, a diferentes
momentos de su activa y por demás interesante vida. Sabía
todo lo teórico que hay que saber cuando de aventarse
un clavado se trata, técnicamente me volví una
experta, por obra y magia de las charlas con Tony. Y yo jamás
he ido a la Quebrada.
Por supuesto que hubo más
fotos: Tony con sus amigos clavadistas, Tony sosteniendo un
magnifico pez espada, Tony observando el sunset, Tony abrazando
a su abuelita. Todas ellas acompañadas y firmadas siempre
de un rosario de besos enlazados por iméil.
Poco a poco y casi sin darme
cuenta, me fui enamorando. No sé si fue la imagen de
todo lo que representaba, o "parecía representar",
o simplemente es que estaba más sola y
"triste
que un torero, al otro lado del telón de acero"
(mi entonces grito de guerra y canción de culto, escrita
por Sabina en algún lugar de los 80´s).
Cuando dormía, era
por pocas horas, y solamente para soñar con él
(ahora queda más o menos claro lo de la loquera ¿no
es así?). Su piel bronceada, musculosa, y maravillosamente
suave, hacían de él un verdadero "Adonis"
de carne y hueso, que me tenía trastornada la razón,
y el sueño.
Como si fuera una pesadilla
recurrente (pero en bonito), imaginaba nuestro futuro encuentro
en Acapulco. No me importaría nada excepto estar con
él. Haríamos el amor salvajemente empapados por
las olas de un mar espeso y tibio. Me dejaría revolcar
por la corriente en brazos de él, para amarnos en las
profundidades del pacífico azul. Llegaríamos a
descubrir una nueva Atlántida, encontraríamos
sus tesoros. Me volvería una sirena.
Mi alucine era tal (¡y
sin drogas!) que me veía (y casi sentía) lamiendo,
una a una todas las gotas de agua de mar, que intentaran resbalar
por su piel mojada, las bebería como nadie antes con
ardiente sed. Mi lengua viajaría por cada milímetro
de su cuerpo y pasaría de lo salado a lo dulce, de lo
cálido a lo hirviente, del mar al séptimo cielo.
Sudaba frío o caliente, ya ni sé.
No hace falta reiterar (¿o
sí?), que lo encontraba espectacular, perfecto, el artífice
de mis sueños lúbricos, el protagonista de mi
telenovela (chafa). Por supuesto acompañado de un escenario
maravillosamente ideal: sol, arena, mar, casa propia.
Todo lo que emergía
de su inteligente cerebro, era para mí como una religión
que no te cuestionas, que se te impone porque sí con
el bautizo no pedido, y en la que simplemente crees y rezas
sin saberte la oración.
Cada encuentro virtual fue
como una lucha de titanes, que parecía acercarnos más,
y que al fin de cuentas terminó por convertirse en una
adicción obscena y lujuriosa, que al nacer, tomó
su fuerza de la noche y de cada madrugada a punto de clarear.
(No se puede llegar a ser más ridícula ¿verdad?).
arriba