I
El día en que Carmen tuvo la ocurrencia de decirle a Ricardo que estaba embarazada, esperaba al menos que fuese un día feliz dentro de la particular existencia de su adorado marido tal como lo había sido para ella dos días atrás, cuando recibió impávida la maravillosa noticia. Llevaban un año intentándolo y tras la espera, supuso de antemano que el acontecimiento sería igualmente para él, un gran motivo de contento e ilusión, aunque fuese simulado.
Ricardo era un novel carnicero, quien junto con Carmen atendía el negocio familiar más exclusivo del barrio de la Cruz Gorda. En realidad la carnicería había sido un traspaso del padre de Carmen, quien al casarse con Ricardo, había heredado el negocio que por generaciones había pertenecido a su honorable familia.
No de buena gana, pero sin otra opción a la vista, aceptó Ricky (como cariñosamente lo llamaba Carmela quien a su vez era llamada así por él, pero en un tono más autoritario y para nada cariñoso), hacerse cargo casi a regañadientes del negocio en cuestión; que por cierto, lejos de considerarlo una estupenda oportunidad de hacerse de un patrimonio bienaventurado —dadas las fortuitas circunstancias del próximo casorio—, representó toda una mentada de madre y baja de categoría y autoestima, para la estirpe de alcurnia a la que presumidamente se sentía pertenecer.
—Sí, ¿qué tiene de malo? Mi papá, mi abuelo y mi bisabuelo lo han sido desde siempre.
—Mira, Carmela. No te confundas conmigo, no todos somos iguales, está bien que me quieras, ¡pero no abuses de mi paciencia!
—¿Entonces en qué piensas trabajar?
—¿Trabajar? ¿Todavía no nos casamos y ya vas a empezar a chingar gente?
Después de la boda y de regresar los trajes rentados para la ocasión, se fueron a pasar tal y como Dios manda, la luna de miel a casa de una tía de Carmen allá por el rumbo de la Piedra Cueteada, (balneario poco conocido y menos frecuentado, más o menos cercano a la ciudad). Ella quería ir a Puerto Vallarta, pero el buen Ricky decidió por sus pistolas, que si lo que realmente quería su esposita era bañarse en el mar, lo mismo lo podía hacer en el río de agua dulce que corría a orillas de la dichosa piedrita, y sin los inconvenientes de una playa atestada de turistas impertinentes y vendedores ambulantes. El río en medio del silencioso e íntimo monte –repleto de vegetación silvestre y terreno virgen– era lo ideal para los recién casados, alejados por completo de la civilización y de los gastos superfluos de los “souvenirs” del viaje de bodas.
Así comenzó la pareja su curiosa vida de casados. Ella quería una cosa y él decidía enteramente otra, nunca le daba gusto en nada y jamás se mostraba atento ni mucho menos obsequioso –excepto a la hora de dormir– cuando llegada la hora del amor, se disponía a cumplir sus deberes de típico esposo y semental obligado por las circunstancias. El Ricky empezó a sacar el cobre ya de por sí descascarado con anterioridad y durante toda la época del singular noviazgo.
Al regreso de la luna de miel (mejor dicho de hiel a estas alturas), después de curarse las picaduras de los mosquitos y la indigestión causada por comer únicamente Chopas del río (simulando que era atún), el recién estrenado marido tomó posesión de la dote proporcionada por su suegro: “La Sin Rival”, nombre afortunado que por 100 años había llevado la pintoresca carnicería. Lo primero que hizo como nuevo dueño, fue hacer los cambios correspondientes para renovar lo que ahora le pertenecía. El antiguo nombre fue sustituido por el de Carnicería “El Carnicero de Milwaukee ”; así como el entrelucido despido injustificado del “Zopilote”, un empleado fiel que por años había trabajado arduamente en el negocio como destajador y, del que Ricky consideró prescindir totalmente del modo más altanero y prepotente, algo que jamás se le vio antes de la boda.
Como es de suponerse, el Ricky sabía de carnes lo que Carmen conocía de la vida de los ciempiés; así que ella no tuvo más remedio que encargarse de todo lo concerniente al negocio, incluidas las visitas al rastro (por debajo del agua) y, sin que se enteraran los padres de ésta. No se fueran a molestar y a desengañar tan pronto de la nueva adquisición familiar, (o mejor dicho, a darse cuenta del alacrán que se habían echado encima).
El incipiente maridito resultó ser todo un güevón . Personalidad en absoluto desconocida para la ingenua de Carmen, quien a sabiendas de que el Ricky no era precisamente el arquetipo del hombre ideal, con actitud osada, llegó hasta el altar con la romántica esperanza de hacerle cambiar sus arraigadas costumbres. Y bajo la premisa de que “la carga echa andar al burro”, se resignó a sellar con un “sí, acepto”, la temible sospecha de que su flamante –ahora– esposo era todo un bueno para nada. Obviamente en la disimulada estampa del clásico galán de lonchería en lamentable decadencia aristocrática.
II
En la humilde barriada de la Cruz Gorda era muy distinguida y apreciada la familia de Carmen, conocidos especialmente por su honradez y amabilidad provinciana, además por aquello de interpretar inteligentemente y a pie juntillas, la sonada frase popular de “al cliente lo que pida”, definitivamente no había carnicería más aceptada y preferida por todos que la (ex) “Sin Rival”.
Pero ahora ya eran tiempos de cambio y, bajo el mando e iniciativa del ocurrente Ricky , la tradición de la carnicería se vino abajo. Sus malos modos y servicio de tercera implementados por él, alejaron despavoridos a la antes incondicional clientela carnívora, así que, por más esfuerzos y sacrificios que Carmen hacía, no lograba convencer al baboso de su marido de cambiar su visión valemadrista acerca del asunto, en claro beneficio del negocio y de su economía por sobre todas las cosas. Él a su vez —en actitud violentamente opositora—, hizo oídos sordos, para de esa manera continuar dándose aires de falsa grandeza que lo hacían ofenderse y renegar, de la suerte de nuevo carnicero venido a menos en que había ido a parar por culpa de una mujer.
—Oye Carmela, deberíamos vender todo esta porquería de la carnicería, y largarnos de esta mugrosa pocilga a la que me trajiste a vivir.
—¿Ah, sí? ¿Y a dónde, según tú?
—Pos no sé, a cualquier parte donde no apeste a carne podrida con cisticercosis.
—Cisticercosis tienes en el cerebro. ¡Mejor no digas tonterías y ponte a trabajar que buena falta te hace!
—¿Y para qué crees que me casé contigo?
Llegado al punto donde ni las moscas se paraban sobre los desperdicios arrojados a la basura, Carmen comprendió que el asunto comenzaba a tomar tintes de desesperación: no había dinero y las deudas crecían incontenibles ante la descarada apatía del Ricky, que continuaba al pasar de los días, en poner absolutamente nada de su parte por levantar el negocio y, a la vez —como si todavía fuera posible y en actitud todavía más pendeja— no consideraba tan grave el problema, o mejor dicho, prefería pensar que eran exageraciones propias de su escandalosa mujer, ocasionadas por alguna intoxicación al comer carne de perro callejero o de algún gato con sarna.
Unos kilillos de carne medio descompuesta y maloliente en la cámara frigorífica, no iban a quitarle el sueño, ni las jetas que se echaba a media tarde al más puro estilo de los despreocupados habitantes del barrio de la Cruz Gorda.
Como Carmen había crecido entre el olor a ganado vacuno y a manteca de puerco, propios de un negocio de este giro, presintió que no las tenía todas consigo, por lo que se prometió a sí misma, idear con argucia algo extra, una especie de nuevo aire, que además de volver a la abundancia de los viejos tiempos (donde evidentemente aún no se casaba), los hiciera ganar hartos billetes y recuperar de nueva cuenta el orgullo y prestigio que durante tantos años tuviera su incomparable familia de abolengo por aquellos rumbos del arrabal. Tenía que sacar la casta, teñir con la sangre azul del gremio de los buenos carniceros, un cielo gris que se cernía sobre el techo de su negocio apenas heredado que tristemente zozobraba en medio de la tormenta ocasionada por la estupidez de un marido, que a pocas semanas de la boda, le estaba comenzando a hacer miserable la existencia.
III
Una mañana de tantas que habían transcurrido desde que se uniera en matrimonio al Ricky ; Carmen tuvo una genial idea que llegó como bólido a su cerebro, tan veloz, que no dudó en decirla apenas apareció, y cuanto antes, no fuera a desvanecerse, como ya lo habían hecho las vanas promesas de su marido, sospechosamente antes de que se matrimoniaran.
—Mi amor, ¿y si ponemos un puesto de tacos?
—¿Estás loca? Si no podemos con este méndigo changarro y…
—En otro lugar no, aquí mismo, afuera de la carnicería.
—Pero si no sabes ni freír un pinche huevo y vas a preparar tacos. ¡No seas mamona , Carmela!
—¿Por qué siempre tienes que ser tan negativo? Podemos contratar a alguien que los sepa hacer, no debe ser tan difícil.
—Pos si tú te ocupas de todo, ¡ponlo y a mí déjame en paz!, ¡ridícula!
Bajo el consentimiento final de su marido, Carmen dio luz verde a su magnífica idea y comenzó sin dilación a ocuparse de ello. Lo primero fue buscar a una persona experta en el negocio de los tacos, y que por supuesto en esos momentos se encontrara desempleada. Cuanto antes y sin pérdida de tiempo, puso un anuncio en el periódico local y debido al enorme y repentino éxito de éste, cayeron como del cielo 50 interesados en obtener el nada despreciable empleo de “Maistro Taquero”.
Y como casi no hay índices desempleo en el país, realmente fue toda una sorpresa la buena vibra que generó la colocación del aviso y, de gran suerte que a la vez, inspirara una enorme confianza en querer formar parte del “Dream Team” de una empresa en recuperación y vías de crecimiento; aún con el conocimiento de que muchos serían los llamados y sólo uno el elegido. Esto pintaba para ser todo un triunfo y eso que aún era sólo el primer paso de un gran proyecto en perspectiva.
Quizá y por mucho, Carmen volaba alto y soñaba que éste sería el puesto de tacos más ambicioso que hasta ahora no había visto la clientela de un barrio de medio pelo y todos sus alrededores. No obstante la cercanía de los tacos del “Mudo”, que a unas cuantas calles de ahí, hacían furor entre los transeúntes desvelados, que al pasar disimulados y hambrientos, se dejaban seducir por los exquisitos aromas de la carne sobre el fuego y de las cebollas tiritando en la grasa hirviente y espesa que al expeler sus jugos, no dudaban en flotar en el ambiente por varias cuadras hasta casi inundar con ellos la ciudad para así mezclarse con todos los demás olores existentes, como en un remolino, hasta bien entrada la noche y poco antes de que se asomaran los primeros rayos del sol.
A todo esto y ante la mirada sangrona y petulante del insoportable Ricky desfilaron impacientes los primeros 25 aspirantes, sin que después de todo el interrogatorio convenido, diera ninguno el ancho, según él.
—Mira, Ricky . Con esa actitud mala leche que tienes ante mis ideas propias, nunca vamos a dar con la persona que ocupamos.
—¿Te fijaste la cara de delincuentes y aprovechados que tenían toda la bola de muertos de hambre, que disque ostentan el titulillo de taqueros ?
—¡No! Y mejor mañana me ocupo yo de las entrevistas o de lo contrario, nunca terminaré por poner el puesto.
—¡Pos allá tú si te hacen pendeja !¡Eso me pasa por acomedido!
Después de la titánica tarea, por fin la búsqueda se dio por terminada. ¡Carmen había encontrado a su hombre! El que vendría a darles una esperanza de ver nuevamente en pie ese Empire State Building (por ahora derrumbado) que sin duda alguna lo era y lo habría sido siempre la gran carnicería de sus ancestros.
—Hola, muy buenos días, joven. Siéntese por favor
—Gracias, seño.
—Así que viene por el puesto de taquero.
—Pos sí, la mera verdá.
—Dígame, ¿cuánto tiempo tiene profesionalmente en el negocio?
—¡Uh, seño! Rete muchos, con decirle que cuando nací, mi mamá en lugar de darme el pecho, me dio un taco de chicharrón.
—Ah, este... muy bien, excelente idea la de su madre... ¿Y cuál es su especialidad?
—Pos de todo: los de lengua, oreja, tripa, labio, asada, cabeza, sesos, trompa, maciza, buche, nana, adobada y manejo muy bien el trompo de los tacos al pastor con todo y la piña.
—¡Magnífico! No se diga más, ¡queda usted contratado!
Y es que sinceramente el individuo que finalmente Carmen eligiera para tan importante puesto, no era nada sobresaliente, ni dio como respuesta algo inteligente o novedoso que no hubiesen dicho los restantes 49 entrevistados. Excepto por el pequeño detalle de que éste le pareció, sin temor a confundirse, ni más ni menos que el gemelo de Brad Pitt . Y con eso no hizo falta entrar en más detalles incómodos y preguntas innecesarias, que hirieran la sensibilidad del nuevo empleado a punto de contratar, poniendo en duda sus habilidades y conocimientos, que después de todo, ya habían quedado demostrados con anterioridad en su Currículum Vitae.
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