Solía besarme
la espalda. Me temo que nunca nadie lo volverá a hacer.
Era una forma tan sutil de succionar y acariciar cada centímetro
de piel expuesta al amor; de hacerse sentir con una delicadeza
lánguida y voluptuosa de quien no tiene prisa y sabe
darse por completo. Ahora lo tengo claro: fingías permanecer
y hacerte eterno. ¡Maldito Irlandés de poca madre!
Lo conocí
en aquel bar que frecuentábamos todos los viernes al
salir de nuestro trabajo: El del Palo ¿Te acuerdas? Siempre
cansadas y hartas de la rutina burocrática que nos esclavizaba,
llegábamos a quemar las últimas promesas de un
tiempo en el que nos sentíamos mujeres invencibles y
poderosas; libres ante el desvelo de la noche que se abría
paso generosa bajo nuestros pies. Princesas de la madrugada
o reinas de monarquías trasnochadas. Queríamos
beber y ligar "algo pasable" que llenara el vacío
de nuestras vidas por un rato y antes del amanecer. Cual cenicientas
sin príncipe encantado. Sin compromisos y amores complicados.
Tú no sabías
olvidar y yo no quería recordar nada, ese era nuestro
pacto con el diablo. El éxtasis amplificaba todas las
sensaciones. El simple roce de la piel era suficiente para llevarte
al orgasmo. Así que no importaba mucho el espécimen
en turno, mucho menos el tamaño ni las habilidades, que
a pesar del alto grado de ebriedad, intentara practicar en la
cama. Una pastilla y estábamos dentro.
Aquella noche en
que te apareciste por el Bar del Palo, yo ya me había
bebido un río de ron con coca y mis neuronas estaban
en tal estado que eran incapaces de aceptar la invitación
a una plática coherente, mucho menos interesante de ningún
tipo del bar. Aún y con todo eso, irremediablemente mis
ojos se toparon con los tuyos -sin miedo-, no perdieron contacto
entre la multitud empastillada que saltaba al ritmo del alcohol
y de la música tecno que taladraba los oídos y
la poca razón que nos quedaba.
Me descubriste
desde la barra o quizá fui yo. Interrogante fantasma
que quedará perdida por siempre en el vacío de
mis recuerdos lacras. Bebías tu whisky sin soda; a la
vez que dabas fumadas cortas, profundas y con mucho estilo a
tu interminable Marlboro Light. Desde ese glorioso instante
pude sentir el cosquilleo del deseo revoloteando a mi alrededor;
tal y como si fuese un duende juguetón saltando a horcajadas
dentro de mi escote. Magia pura y electrizante; a la vez cargada
de sensaciones extrañas, húmedas e imantadas por
el bullicio de un antro atascado de cuerpos sudorosos, ávidos
de ritmo y vida, camuflados por un deseo de anfetaminas y neón.
Eras todo ojos
azules y pelo de ángel, con tu piel tan suave y blanca;
y esas manos con dedos largos, tan largos como el olvido que
no llega. ¿Cómo hacer para borrar los archivos
de mi mente colapsada, con información acerca del mejor
amante en toda la historia de mi vida? Hay preguntas que nunca
encuentran su respuesta, lo sé. ¡Estoy jodida !
Me he acostado
con media ciudad y sé de lo que hablo. Si no vuelve,
nada tendrá sentido; desearé morirme cada madrugada
que pase sin él y sus caricias. En venganza y a su salud,
por cada vez que lo haga con un tipo diferente y desconocido,
lo maldeciré hasta el delirio, hasta ahogar el grito
desgarrado con su nombre impreso en el eco de mi voz: Aidan.
Después quedaré muda.
Nadie nos vio salir
del bar, pero tampoco importó tanto. Yo sólo deseaba
estar arriba de Aidan y él sólo quería
besarme la espalda y algo más. Todo se confabuló
esa noche e hizo que nuestros cuerpos se hicieran uno solo.
Escandaloso encuentro de dos perros aullando a contratiempo,
durante una noche caliente en la ciudad más intensa y
nauseabunda del mundo.
II
La primera vez que hicimos el amor fue en su departamento, en
su cama y bajo sus reglas. Estaba demasiado borracha para desconfiar,
o para siquiera darme cuenta de lo que estaba haciendo con mi
cuerpo y con mi voluntad. Simplemente me dejé llevar
e inundarme en aquel líquido pegajoso y caliente que
vaciaba sobre mi espalda (durante el largo viaje del ¿Taxi?).
Era todo morbo y deseo casi inocente que transpiraba por su
piel de niño. Y yo me dejé querer.
Mi desorientación
era extrema y casi me daba por perdida; así que tardé
tiempo en darme cuenta que aquello que lamía con sed
de Beduino era champán y no su propio semen (como lo
suponía); morbo tal que no disminuyó ni un ápice
en las sorpresas que tenía para mí en aquella
confusa huida, en la que nos descolgamos juntos a la pasión
y al desenfreno. Dos personas que no sabían nada la una
de la otra. Y no hizo falta. ¿Será posible que
cupido frecuente lounges de moda y lance flechas en altas
horas de la madrugada?
Comenzó
desnudándome desde la entrada. La ropa quedó completamente
tirada por todo el piso; tal y como si fueran pistas dejadas
a propósito para seducir. Cuando entramos a la habitación
era completamente suya; como nunca antes de nadie más.
Ardiendo en la hoguera que sin premeditarlo había encendido
para mí: Velas brillantes y verdes en forma de trébol,
olor dulce a vainilla y almizcle, a campo y hierba de la buena.
Enya y el eco de su voz flotando cómplice entre los dos.
Now
you're here / I can see your light, this light that I must follow
/You, you may take my life away, so far away / Now I know, I
must leave your spell / I want tomorrow.
¡Penetré
a ciegas en un campo minado!
Para comenzar, una sacrílega sesión de besos al
calor de una pasión anunciada, y como preámbulo
a una magnífica excitación producida por el roce
de la piel desnuda. Cerré los ojos (creí que no
los querría abrir jamás); lo podía sentir
viajando con caricias por cada parte de mi cuerpo sin prisa
y en forma ordenada. La lubricación era extrema y a chorros;
parecía el desborde del río Boyne contenido a
borbotones por las sábanas, ya de por sí calientes
y mojadas por nuestro sudor.
Se detuvo largo
rato en mis pechos, primero uno, luego el otro, ambos pezones
erectos hacían evidente mi respuesta sexual a sus caricias
celtas; jugaba con ellos, los mordía, parecía
que nunca terminaría por besarlos; y yo de verlos desaparecer
en la oscuridad profunda y húmeda de su boca, succionados
por unos labios suaves y carnosos. El dolor producido me gustaba,
era placentero, me inundaba y casi me hacía explotar.
Le di las llaves de mi ciudad prohibida.
Azar del destino
o suerte, no estoy segura; pero aquel era el miembro más
impresionante que jamás he vuelto a ver. Centímetro
a centímetro ¿23? Fui rogando a Dios, o a no sé
quién diablos que no terminara pronto. Ese alguien me
hizo caso, duró horas, o al menos eso me pareció;
entraba y salía con fuerza, con determinación,
me hacía estremecer y gemir como a una enferma incurable
o como una loca furiosa. Y ¿él? Entregado totalmente
hasta la última posibilidad de arrancar un brutal orgasmo
al encuentro nocturno más fortuito e inconcebible de
mi vida. Aquella noche aprendió su primera lección:
Que nunca tengo suficiente (amor).
arriba