CONTENIDO

 
Menú
 
Q-bo in English!
 


Lo Nuevo



¿Quiénes Somos?
 


El Foro



Búsqueda
 
Links


Contacto

 

Septiembre me gustó pa' que te vayas
 
Rubirrosa Silvestre III
 

Historias del Palo
 
Rubirrosa Silvestre
   
Para Sacar 10


La Otra Madrid
 
Bien Hecho, Padre

Oda a mi Tía
 
Oda Explicativa

Estigma
 
Una de Tantas
   
Anuncios Clasificados


Evaristo y Yo



Cocina con Tía Yaya
 
Tavochu en la Cocina
 
Tía Yaya X-press

 
Chava Flores, un homenaje


Why the World Hates Gringos

 
Encontrando a Nemo


Perception 9


En Manos de Dios
 
A las Madres en su Día

 
El desván de Minerva
 
Crónica de Viaje
 


Horroróscopos

 
How To Go Chilango!





Contacto








 






 

   Irlandeses, alcohol, sexo y algo más - 1

Minerva Parker
minerva@q-bo.com 
 






Solía besarme la espalda. Me temo que nunca nadie lo volverá a hacer. Era una forma tan sutil de succionar y acariciar cada centímetro de piel expuesta al amor; de hacerse sentir con una delicadeza lánguida y voluptuosa de quien no tiene prisa y sabe darse por completo. Ahora lo tengo claro: fingías permanecer y hacerte eterno. ¡Maldito Irlandés de poca madre!

Lo conocí en aquel bar que frecuentábamos todos los viernes al salir de nuestro trabajo: El del Palo ¿Te acuerdas? Siempre cansadas y hartas de la rutina burocrática que nos esclavizaba, llegábamos a quemar las últimas promesas de un tiempo en el que nos sentíamos mujeres invencibles y poderosas; libres ante el desvelo de la noche que se abría paso generosa bajo nuestros pies. Princesas de la madrugada o reinas de monarquías trasnochadas. Queríamos beber y ligar "algo pasable" que llenara el vacío de nuestras vidas por un rato y antes del amanecer. Cual cenicientas sin príncipe encantado. Sin compromisos y amores complicados.

Tú no sabías olvidar y yo no quería recordar nada, ese era nuestro pacto con el diablo. El éxtasis amplificaba todas las sensaciones. El simple roce de la piel era suficiente para llevarte al orgasmo. Así que no importaba mucho el espécimen en turno, mucho menos el tamaño ni las habilidades, que a pesar del alto grado de ebriedad, intentara practicar en la cama. Una pastilla y estábamos dentro.

Aquella noche en que te apareciste por el Bar del Palo, yo ya me había bebido un río de ron con coca y mis neuronas estaban en tal estado que eran incapaces de aceptar la invitación a una plática coherente, mucho menos interesante de ningún tipo del bar. Aún y con todo eso, irremediablemente mis ojos se toparon con los tuyos -sin miedo-, no perdieron contacto entre la multitud empastillada que saltaba al ritmo del alcohol y de la música tecno que taladraba los oídos y la poca razón que nos quedaba.

Me descubriste desde la barra o quizá fui yo. Interrogante fantasma que quedará perdida por siempre en el vacío de mis recuerdos lacras. Bebías tu whisky sin soda; a la vez que dabas fumadas cortas, profundas y con mucho estilo a tu interminable Marlboro Light. Desde ese glorioso instante pude sentir el cosquilleo del deseo revoloteando a mi alrededor; tal y como si fuese un duende juguetón saltando a horcajadas dentro de mi escote. Magia pura y electrizante; a la vez cargada de sensaciones extrañas, húmedas e imantadas por el bullicio de un antro atascado de cuerpos sudorosos, ávidos de ritmo y vida, camuflados por un deseo de anfetaminas y neón.

Eras todo ojos azules y pelo de ángel, con tu piel tan suave y blanca; y esas manos con dedos largos, tan largos como el olvido que no llega. ¿Cómo hacer para borrar los archivos de mi mente colapsada, con información acerca del mejor amante en toda la historia de mi vida? Hay preguntas que nunca encuentran su respuesta, lo sé. ¡Estoy jodida !

Me he acostado con media ciudad y sé de lo que hablo. Si no vuelve, nada tendrá sentido; desearé morirme cada madrugada que pase sin él y sus caricias. En venganza y a su salud, por cada vez que lo haga con un tipo diferente y desconocido, lo maldeciré hasta el delirio, hasta ahogar el grito desgarrado con su nombre impreso en el eco de mi voz: Aidan. Después quedaré muda.

Nadie nos vio salir del bar, pero tampoco importó tanto. Yo sólo deseaba estar arriba de Aidan y él sólo quería besarme la espalda y algo más. Todo se confabuló esa noche e hizo que nuestros cuerpos se hicieran uno solo. Escandaloso encuentro de dos perros aullando a contratiempo, durante una noche caliente en la ciudad más intensa y nauseabunda del mundo.


II


La primera vez que hicimos el amor fue en su departamento, en su cama y bajo sus reglas. Estaba demasiado borracha para desconfiar, o para siquiera darme cuenta de lo que estaba haciendo con mi cuerpo y con mi voluntad. Simplemente me dejé llevar e inundarme en aquel líquido pegajoso y caliente que vaciaba sobre mi espalda (durante el largo viaje del ¿Taxi?). Era todo morbo y deseo casi inocente que transpiraba por su piel de niño. Y yo me dejé querer.

Mi desorientación era extrema y casi me daba por perdida; así que tardé tiempo en darme cuenta que aquello que lamía con sed de Beduino era champán y no su propio semen (como lo suponía); morbo tal que no disminuyó ni un ápice en las sorpresas que tenía para mí en aquella confusa huida, en la que nos descolgamos juntos a la pasión y al desenfreno. Dos personas que no sabían nada la una de la otra. Y no hizo falta. ¿Será posible que cupido frecuente lounges de moda y lance flechas en altas horas de la madrugada?

Comenzó desnudándome desde la entrada. La ropa quedó completamente tirada por todo el piso; tal y como si fueran pistas dejadas a propósito para seducir. Cuando entramos a la habitación era completamente suya; como nunca antes de nadie más. Ardiendo en la hoguera que sin premeditarlo había encendido para mí: Velas brillantes y verdes en forma de trébol, olor dulce a vainilla y almizcle, a campo y hierba de la buena. Enya y el eco de su voz flotando cómplice entre los dos.

Now you're here / I can see your light, this light that I must follow /You, you may take my life away, so far away / Now I know, I must leave your spell / I want tomorrow.

¡Penetré a ciegas en un campo minado!

Para comenzar, una sacrílega sesión de besos al calor de una pasión anunciada, y como preámbulo a una magnífica excitación producida por el roce de la piel desnuda. Cerré los ojos (creí que no los querría abrir jamás); lo podía sentir viajando con caricias por cada parte de mi cuerpo sin prisa y en forma ordenada. La lubricación era extrema y a chorros; parecía el desborde del río Boyne contenido a borbotones por las sábanas, ya de por sí calientes y mojadas por nuestro sudor.

Se detuvo largo rato en mis pechos, primero uno, luego el otro, ambos pezones erectos hacían evidente mi respuesta sexual a sus caricias celtas; jugaba con ellos, los mordía, parecía que nunca terminaría por besarlos; y yo de verlos desaparecer en la oscuridad profunda y húmeda de su boca, succionados por unos labios suaves y carnosos. El dolor producido me gustaba, era placentero, me inundaba y casi me hacía explotar. Le di las llaves de mi ciudad prohibida.

Azar del destino o suerte, no estoy segura; pero aquel era el miembro más impresionante que jamás he vuelto a ver. Centímetro a centímetro ¿23? Fui rogando a Dios, o a no sé quién diablos que no terminara pronto. Ese alguien me hizo caso, duró horas, o al menos eso me pareció; entraba y salía con fuerza, con determinación, me hacía estremecer y gemir como a una enferma incurable o como una loca furiosa. Y ¿él? Entregado totalmente hasta la última posibilidad de arrancar un brutal orgasmo al encuentro nocturno más fortuito e inconcebible de mi vida. Aquella noche aprendió su primera lección: Que nunca tengo suficiente (amor).

   

arriba











Q-bo.com!
La Página Más Chida de la Red