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   La Otra Madrid - Primera Parte

Minerva Parker
minerva@q-bo.com  
 





 



I


Formé parte de una compañía de carperos "La Gran Carpa Madrid". Era una de esas itinerantes, que iban de pueblo en pueblo, por aquellos polvorientos caminos de Dios, cargando un equipaje repleto de sueños, triques, vestuarios, telones, y muchas esperanzas de triunfar y entregar el alma en cada función, o simplemente de llenar las tres cuartas partes de las gradas, con algo más que chiquillos inquietos (que siempre descubren los trucos del mago), y eventualmente mediante un ilusorio golpe de suerte, con un fino público conocedor.

El dueño era Don Carlos, un viejo emigrante español que había llegado a estas tierras, como refugiado de el régimen Franquista, que no vio con buenos ojos su espíritu disidente y su generosa alma de artista, y lo echara como a un perro de una patria tan querida y dolorosamente añorada. Dejó mujer y un hijo de seis meses, que después de su partida no volvió a ver (supo de buenas fuentes que ella se había vuelto a casar y el niño llevaba otro apellido).

El flamante elenco artístico estaba integrado por: los galanes y galancetes, los infaltables antagonistas, segundos y terceros actores y actrices de reparto, algunas bailarinas, un mago medio chafa que tenía dos perros y un conejo. Entre todos ellos sobresalían Mirella Lido y Arturo de Haro, actores principales - excelsamente aclamados - de la gran carpa de todos nuestros desvelos.

Viajábamos en antiguos carromatos con aditamentos donde transportar el equipo de la carpa, frecuentemente y en medio de la nada, hacíamos paradas ocurrentes, ya sea porque se ponchaba alguna llanta, o porque Mirella necesitaba tomar aire o estirar las piernas (era la diva de la carpa y tenía sus privilegios, negados por supuesto para las demás).

Nos hospedábamos en los peores cuartos disponibles de cada lugar al que llegábamos, los que nadie quería, los más feos, o los más baratos, casi siempre infestados por chinches, piojos, cucarachas, o cualquier tipo de bicho raro, capaz de sobrevivir y convivir junto a una runfla de artistas de la peor calaña, pero eso sí, muy bulliciosos y excéntricamente amistosos.

El ambiente que prevalecía en aquel grupo tan peculiar era hasta cierto punto y - bien mirado - altamente festivo, cargado de risas burlescas (fingidas), chistes picantes, parlamentos aprendidos, esketches malogrados y uno que otro beso furtivo, robado entre telones y durante el tiempo que duran los quince minutos de un intermedio.

Las hembras de la carpa éramos agresivas, despreocupadas, dramáticas, livianas, cariñosas, siempre hambrientas de fama y amor.

Ellos eran fuertes, simpáticos, galantes y escurridizos, sabían recitar poemas y tocar la guitarra, de cuando en cuando regalaban promesas que nunca iban a cumplir.

Habían las parejitas ocasionales, formadas efímeramente por culpa de un ensayo, por el intento de sacar maravillosamente la función del día y por arrancar el aplauso efusivo del público asistente, que hiciese olvidar por una noche, la tragedia irremediable de un amor mal correspondido.

Celos, envidias, intrigas, escenas boicoteadas a causa de un parlamento equivocado, falsas bromillas entre actores y actrices, que desfilan actuando sobre un tablado labrado por las decepciones y sinsabores de una vida difícil y trashumante.

Durante el día convivíamos con la normalidad de la rutina, por la noche lo hacíamos con el desfogue de talentos incomprendidos y poco valorados, que hacían de la comedia el refugio de todos nuestros males y frustraciones, que quedaban magníficamente disfrazados, por la máscara de la alegría, por lo que no había la más mínima sospecha de que no éramos felices.

Todos o casi todos, habíamos caído en este "teatro de las desventuras" por diversas razones; unos en busca de fama y fortuna, otros por borrar o ignorar una mala experiencia, producto de una vida llena de penurias y pobreza, y que no viera otro camino que el del arte, - como el pañuelo aparecido casi por arte de magia en proscenio - para enjugar las lágrimas derramadas y que a fin de cuentas esperábamos, que trabajando a marchas forzadas de comicidad y melodramas se pudieran olvidar. Noche a noche, detrás del maquillaje y la sonrisa pintada, lográbamos ocultar nuestras vidas calamitosas y poco decentes.

Yo por ejemplo, no sabía nada de aquel mundo farandulero, ignoraba por completo que se podía vivir entreteniendo a los demás, fingiendo ser un personaje y ocultando la verdadera personalidad.

Vivía en un pequeño pueblo en los Altos de Jalisco, tenía una vida normal, iba a misa y cuidaba de mi pobre madre enferma (chantajista e hipocondríaca), gastaba mis tardes de ocio sentada en la ventana de mi casa, viendo pasar gente y suspirando por salir de allí. Así llegó hasta mi portal un señor muy guapo y educado (aparentemente sincero), que tarde a tarde se acercaba a platicar. Le pidió permiso a mi madre y salíamos a la iglesia o al jardín. Pasó el tiempo y lo que tenía que pasar… pasó. ¡La desgracia!, di un "mal paso", llené de vergüenza e indignación la santa casa de mi madre - y como él resultó que era casado - no tuve más remedio que dejar abandonado aquel fruto inocente producto del error al cuidado de unas monjas. Como consecuencia del escarnio público de un pueblo chico e infierno grande (y de las honorables Damas de la Vela Perpetua), no vi otro camino y… ¡Me enganché a la carpa!

Afortunadamente y por aquellos días, la carpa Madrid anunciaba sus divertidas comedias, en una gran gira por Jalisco rumbo a Guanajuato, y como yo nunca fui de mal ver y hasta cierto punto algo graciosilla, de repente y - dadas las apremiantes circunstancias - asumí que un poco de aplausos, plumas suaves y lentejuelas me harían mucho bien. Me dejé llevar por el espectro de una fama prometida y por los brazos de un nuevo amor. Huí de todo y de todos, encontré en los teatreros ambulantes un segundo hogar, la compañía de gente sincera y sin prejuicios (frecuentemente sobreactuados), con vidas peor de tristes que la mía, pero con un enorme corazón de artificio y ganas de vivir (aunque fuera de lo absurdo), aún a costa de la crítica y rechazo de los hipócritas y de las "buenas conciencias".

Durante mi primer año de actriz de carpa permanecí como expiando mis culpas, aceptando los regaños e imposiciones de papelillos de tercera. No me importaba demasiado con tal de ir montada en aquella caravana de artistas sin gloria y sin renombre, esperando la tercera llamada y a que se abriera el telón.

Ninguna presentación fue igual a otra, el público que asistió marcó la diferencia, hasta la casualidad inoportuna hizo acto de presencia cuando menos lo pidió. Con lluvia o sin ella, con calor o congelándonos, siempre estabamos dispuestos a escuchar la voz del traspunte y dar nuestra mejor función.


   

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