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Minerva Parker  
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I

Lo sorprendió el amanecer mirando el techo. El canto de un gallo, que nunca antes había escuchado, apenas si lo sacó del trance. Parecía un idiota con la vista perdida en la penumbra, viendo hacia un punto inexistente en el horizonte de la nada.

Apendejado e influido en parte por el ambiente caliente y sórdido del cuarto, permaneció callado, sin más sonido que su propia respiración, y sin más compañía que las moscas que le sobrevolaban, cual zopilotes sobre un banquete de carroña. Así estuvo hasta que el sol lo encandiló muy entrada la mañana, e hizo evidente lo que las sombras de la noche anterior pudieron apenas disfrazar: un cuerpo grasiento y amorfo tirado en un catre sudado, con un poncho hediondo hecho nudo entre las piernas.

No se bañó y con el estómago vacío, salió por pies y como pudo, limpiándose los rastros de saliva seca, aparentemente con rumbo apresurado y desconocido, empuñando un pedazo de papel cenizo entre sus manos. Ningún vecino lo vio salir, nadie que pudiera ser testigo de la miserable huida. Después de todo, a nadie le importaba.


II

Un día antes de este punto, este engendro de bestia con humano, troglodita del siglo XXI, vivió con normalidad y sin cuestionar su existencia en el universo, no lo necesitaba, desgraciado o no, era después de todo, una forma de vida. La vida no es perfecta para nadie, ¿porqué habría de serlo para él?. Causar lástima y pedir limosna afuera de la Catedral, suele ser una chamba muy pesada y desalentadora, sobre todo si se toma en cuenta, la causa del origen. Una mala broma de la naturaleza, y ya está, a vivir de la compasión, ocasionalmente del escarnio público, y de unas cuantas monedas provenientes de la caridad ajena.

Actuaba por instinto, su lenguaje y sistema de comunicación consistía en apenas emitir leves bufidos semejantes a frases arrastradas o palabras inaudibles para los demás, si a nadie le interesaba su clara y precisa opinión de las cosas, a él tampoco. Así estaba hecho. ¡Que se chinguen !

Fue la ley de probabilidades, o mejor aún, el destino marcado por el azar, quien hizo que su ¿vida?, diera un vuelco inesperado, que encontrase una luz al final del camino, ¿Cuál camino?

Tropezarse una mañana de tantas con algo verdadero y tangible como un milagro, le hizo recapacitar sobre sí mismo y revalorarse en su justa dimensión. Toda aquella masa de grasa y huesos deformes tenía derecho a generar ideas propias, o algo mejor aún: a soñar.

III

Comenzó haciendo diminutos ensayos para poner en marcha sus neuronas, quizá sólo por hacer uso de su recién estrenada potencialidad de fantasía, hasta ahora desconocida por él - y por todos. Tal hecho consistía en hacer parpadear sus ojos saltones, como de buey, lo que presumiblemente otorgaba un brillo especial a su mirada, una especie de magia indescriptible. Y como consecuencia a tan osada proeza y durante los instantes posteriores al ensueño, fue asaltado por punzadas en la nuca, y gran parte del lado izquierdo superior de la cabeza, ¡mala suerte de principiante! A pesar de eso, se sintió especial.

Era un dolor raro, sin origen convincente y causa realmente concreta, ya que únicamente le dolía el lado izquierdo, pero aún así, lo ignoró y continuó practicando, avanzando en el camino, de hecho, se sorprendió y hasta se emocionó a sí mismo usando una parte de su remedo de cuerpo humano, que por cierto, jamás imaginó sirviera para nada, ¡para maldita la cosa¡

Y así estuvo todo el día, haciendo crecer a marchas forzadas la infancia de su ocurrente obsesión. Llegaban unos pensamientos y se iban otros, con su respectiva dosis de ilusión, al parecer todos tenían un mismo origen (misterioso), producto del encuentro con algo, que a ojos vistas, había comenzado a cambiarle la existencia.

Hubo un instante en que ni siquiera carraspeó cuando un gargajo inesperado le hizo atragantarse y casi lo ahoga; en otros tiempos hubiese sido motivo más relevante digno de una mínima atención. Nada le importaba si no fuera practicar su naciente condición de ocurrente pensador. Por consecuencia, algo que daba por resultado y que hacia que valiese más la pena, era sin lugar a dudas la idealizada idea que lo hacia alejarse cada vez más de la bestia, para convertirse en un ser realmente humano, y con todas sus consecuencias.

Desde esos instantes y sólo por si acaso buscaba despistar. Algún ruido estruendoso proveniente de alguna parte cercana a su espacio de trabajo, ¿trabajo?, lo sobresaltaba , y le hacía latir el corazón aceleradamente, para después volver a su concentración, a su retiro a ningún lado, a su postura de autómata, con semejanza a personaje salido de la legendaria película de "Chabelo y Pepito contra los monstruos". ¡Un clásico!, y más tratándose de hacer ciertas comparaciones.

Todos sus movimientos fueron en cámara lenta, como no queriendo espantar las incipientes ideas, y con cierto temor a que lo abandonaran para siempre (y de nueva cuenta). Era la primera vez que sentía traer algo entre manos, algo muy gordo, ¡por primera vez en 28 años!

Ese día diferente lo pasó locuaz y artero, ni las tripas chillonas de hambre lograron distraer su atención, así podrían comerse ya unas a otras y él seguir montado en su viaje con destino a ninguna parte y con un solo pasajero. Pero aún así, alguien, no supo quién, apiadándose de su aspecto de principio de cadáver en descomposición, le ofreció espontáneamente algo de tragar:

-¡Toma hijo, échate un taco aunque sea, no te vayas a malpasar!

Ni siquiera lo agradeció.

Hacia el final de "ese" día, agotado y sucio, se retiró del "puesto de trabajo", rumbo a su casa o a cualquier cosa que así se le pudiera llamar -¿hogar?.- No se despidió de los otros compañeros en desgracia (como él), ni murmuró entre dientes, su conocido:
- ¡'Aila ven!-, cuando la camioneta que habitualmente reparte y levanta posteriormente, a los trabajadores de la mano extendida, llegó por ellos. Mudos testigos de una vida sin razón. Compañeros todos, de una misma ocasión.

Su saludo o lo que pareciera, por supuesto nadie escuchaba, mucho menos contestaba, y es que no tenía ningún amigo o compañero que le demostrara algún aprecio, ni confianza en particular, tampoco él se la tenía a nadie. Estaban a mano.

Ya dentro del "vehículo de trabajo", algunos, sólo algunos advirtieron con extrañeza el comportamiento sin sentido y por demás ridículo y por poco desapercibido del compañero en cuestión:

-¡Sí que está más raro que de costumbre el tal jelipe!
-¿Qué tendrá, tú?, no es que me importe, pero…
-A saber, siempre ha sido rete raro.
-A lo mejor anda así por una vieja
-¡No, cuál vieja, si vive solo! ¡Además, dicen que es puto!

En cuanto llegó al cuartucho que rentaba en una miserable vecindad del centro, cerró rápidamente la puerta con prisa ansiosa y se tumbó en el catre, para permanecer ahí, para no hacer nada, para vegetar hasta otro día.

 

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