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   Capítulo 2 - Primera Parte

Dalia Rodríguez
dalia@q-bo.com 
 





DEL ORIGEN DEL ODIO DE “LA GÜERA” MÉNDEZ CORCUERA HACIA UNA ANGELICAL TOP MODEL Y CÓMO CONOCE TRÜTTY A UN VERDADERO HOMBRE


CAPÍTULO II

Una despampanante rubia sube al estrado; es Maria Francisca, ‘la Güera' Méndez Corcuera, la conductora de moda y, por azares del destino, la envidiosa prima de Raymundo Federico Tovar y Corcuera, el Amito Tovar.

—Bienvenidos sean todos ustedes, damas y caballeros.—, comienza la envidiosa rubia. —Esta noche tenemos el ‘placer' (pausa significativa) de compartir la velada con la ‘extraordinaria' ¡Trü…! ¡Cajum, cajum!

A pesar de que ‘la Güera' Méndez Corcuera no pronuncia el nombre completo de Trütty, el recinto estalla en aplausos. Incluso los meseros, garroteros y empleados del valet parking ovacionan a la sin par Top Model.   Los únicos que no aplauden son el doctor Horripilito y ‘la Güera' Méndez Corcuera quien, hábilmente, tira las tarjetas que está leyendo, de modo que puede hacer como que las recoge para no tener que aplaudirle a la mujer que más odia en el mundo. Mientras duran los habituales 20 minutos de aplausos para nuestra heroína, les contaré una de los tantos motivos injustificables de encono de ‘la Güera' Méndez Corcuera hacia Trütty, antes Rubirrosa Silvestre.

*

Cuando el Amito Tovar llevó a Rubirrosa de regreso a su casa, pensó que no era conveniente encaminarla al cuarto de su madrina Chencha, quien todavía estaba molesta con la joven, así que la llevó a su casa. En cuanto iban a entrar en la mansión la hermosa y desconfiada Rubirrosa exclamó:

—¿Onde mi lleva, Amito Tovar?

—¡Oh, paradisíaca visión! Llévote a mis aposentos para que puedas descansar de un día tan lleno de emociones, dulces y amargas; de sabores y sinsabores.

—¡Siñor!—, dijo indignada Rubirrosa. —Yo seré muy india y muy humilde, pero no sería correito que yo pasase la noche en sus aposientos. Yo entodavía no he dado la flor de mi virtú a ningún mancebo.

—No, bella y confundida damisela. Cuando digo aposentos me refiero a mi habitación. Además, yo soy todo un caballero que sabe respetar y hacer respetar a una dama. No voy a hacerte ningún mal, reflejo del paraíso. Yo dormiré en la habitación para huéspedes—. concluyó con toda sencillez el Amito Tovar.

Rubirrosa, a quien la felicidad le era más difícil de controlar que las desventuras, rompió en llanto. Afortunadamente iba toda vendada y pudo limpiarse los mocos con las vendas, de lo contrario hubiera tenido que hacerlo con el vestido, lo cual se hubiera visto realmente mal.

Al entrar en la aristocrática mansión Tovar y Corcuera, una cabellera rubia, pegada a una bellísima cara y un cuerpo escultural, producto de más de 20 cirugías estéticas, se precipitó a los brazos del Amito Tovar llenándolo de besos al tiempo que tiró por las escalera a la débil Rubirrosa. Se trataba de la vanidosa y amargada María Francisca, ‘la Güera' Méndez Corcuera, prima del Amito Tovar, quien manoseaba hábilmente a su millonario primo, pero teniendo cuidado de no deshacer su manicure francés recién terminado sobre sus carísimas uñas de gel.

Hacía mucho tiempo que ‘la Güera' Méndez Corcuera, vivía en casa de los Tovar y Corcuera.   Sus padres habían muerto en un terrible accidente en el que intervinieron el jacuzzi, una grapa de coca y una secadora de pelo. El difunto don Nivardo Tovar de del Valle y Limantour, padre del joven Raymundo Federico Tovar y Corcuera, la había recogido en su humilde mansión a petición de su esposa, doña Eduviges Corcuera, ahora viuda de Tovar.  

—Raymundo Federico—, se dirigió con ansia ‘la Güera' Méndez Corcuera —¿Dónde estabas güé? ¡No manches, me has tenido bien preocupada! ¡Qué malísima onda!

—Espera María Francisca, detén tu efusivo abrazo y déjame presentarte a…—.   En ese momento el Amito Tovar se percató de que Rubirrosa yacía inconsciente al pie de la escalinata.  

Saltando los escalones de dos en dos, el Amito Tovar bajó, ágil cual gacela, tropezando en el último escalón y cayendo sobre la desvanecida Rubirrosa.

—¡Raymundo Federico!—, gritó aterrada ‘la Güera' Méndez Corcuera. —¡Fíjate lo que haces güé! Esta escalinata es de mármol de Carrara, ¡lo puedes arruinar! ¡Ten más cuidado con nues… digo, con tu herencia Güé!—. Luego miró hacia donde yacía Rubirrosa y dijo, parafraseando sin saberlo, a doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar —¿Y quién es esa silvestre, Güe?

—Esta angelical, aunque silvestre criatura, se llama Rubirrosa. Es ahijada de mi querida y belicosa nana Chencha.

—¿Y qué le pasó Güé?—, preguntó ‘la Güera' Méndez Corcuera, con su acento de universidad privada.

—Mi amorosa, aunque violenta segunda madre, arremetió a golpes contra ella por haberla sorprendido, como vulgarmente se dice, como al Tigre de Santa Julia.

—¡Qué mal rollo! ¿No, Güé?, pero yo preguntaba qué le pasó porque la ropa que trae no está nada chida. ¡Cero Versace!, o sea ¿no? —, dijo al tiempo que se atrevía a palpar la textura de las ropas de Rubirrosa.

—¡Ahhhhhhhhh!—, gritó súbitamente ‘la Güera' Méndez Corcuera.

—¿Qué te acontece, o María Francisca, prima mía?

—¡Por culpa de esta estúpida india tercermundista y su corrientísima ropa de jerga de segunda mano, se me deshizo mi manicure francés, Güé! ¡La odio por siempre y para siempre y ojalá se multiplicara por cero, ¿no?—, dijo y corrió hacia la casa tratando de ocultar sus uñas arruinadas al resto del universo.

*

Hagamos una breve pausa en esta historia de odio, pues los aplausos para Trütty han ido disminuyendo, no por falta de entusiasmo, sino porque las manos de los asistentes están a punto de gangrenarse. Trütty se pone de pie.

—¡Ah!—, exclaman admirados todos los asistentes. Horripilito vuelve a sentir palpitar su corazón, saca su celular y marca el teléfono de una de las enfermeras para que atienda su pálpito al tiempo que sale del salón para no interrumpir.

—¡Queridos amigos!—, la voz de Trütty resuena como mil campanas de cristal en perfecto unísono. —Les agradezco con el infinito regocijo de mi humilde corazón—, se lleva una mano al pecho, los caballeros suspiran, —su asistencia a esta velada. Los 1,000 dólares de cada uno de sus boletos, servirán para que todas aquellas mujeres gordas, asquerosas y lonjudas que quieran superarse, hagan una rigurosa dieta y puedan entrar al Spá. Así sus maridos ya no las verán desagradables y flácidas y hasta podrán conseguir trabajo. Los casos desesperados incluyen liposucción, cuyo costo será únicamente el del hospital, ya que el doctor Miguel Francisco Pimentel Rivadeneira se ha ofrecido a hacer las cirugías estéticas en forma gratuita. ¡Un aplauso para él!

Horripilito entra en la sala y un grito generalizado de terror precede al paupérrimo aplauso.   Trütty lo lamenta pero comprende a los asistentes.   Nuevamente los recuerdos vienen a su mente, la cual, dicho sea de paso, es también bellísima.

*

Rubirrosa despertó rodeada por finas sábanas de satín y dio un grito desaforado.

—¡Ayyyyyy nanita!¡El chupacabras!—, dijo tratando de escapar.

—Cálmese señorita, soy yo, el doctor Miguel Francisco Pimentel Rivadeneira. ¿Me recuerda?   La atendí hace unas horas en la Cruz Roja.

—¡Ah, sí! — dijo Rubirrosa todavía un poco asustada. —¡Manque quisiera olvidarlo no puedo! Yo creo hasta lo voy a soñar.

—¿Cómo se siente?—, preguntó halagado el doctor.

—Pos me duele harto la cabeza y el cuerpo, pero sobre todo los ojos dotor—, contestó sincera como siempre la ensoñadora Rubirrosa.

—Tiene una conmoción en su hermosa cabecita, señorita. Deberá guardar cama unos días, sin moverse.

—Pero, dotor, yo no me puedo pagar este hospital tan lujosísimo…

—No se preocupe, bellísima flor del nopal, está en casa de los Tovar y Corcuera, en la alcoba del joven Raymundo Federico Tovar y Corcuera.

—¡Noooooooo!—, dijo levantándose súbitamente y golpeando con la cabeza la nariz del doctor. —¡No quiero causarle problemas al Amito Tovar!

—No se preocupe, hermosa e impredecible niña—, dijo el doctor tratando de detener el flujo de sangre que caía por su espantosa nariz. —Él exigió que se quedara aquí.

—¿Eso dijo el Amito Tovar?—, preguntó Rubirrosa con gran ilusión.

—Sí. Dice que así le sale más barato…

—¡Qué bueno es el Amito Tovar! ¿Y a usté qué le pasó, dotor?—, le preguntó al percatarse de que sangraba profusamente.

—Nada, flor silvestre e inmaculada, parece que con su súbita alegría me rompió la nariz.   Temo que ahora me voy a ver aún más horrible de lo que soy.

—No, dotor—, dijo Rubirrosa tratando de congraciarse. —Usté no es horrible, nomás un poco “horripilito”.

—¿De verdad, mi flor de xempazúchitl? ¿Para ti sólo soy horripilito?—, dijo dibujando una adolorida sonrisa que lo hacía ver más feo todavía.

—Sí—, contestó Rubirrosa volteando hacia otro lado para no gritar. —¡Usté es mi ‘dotor horripilito'!

—¡Oh, dulce niña! ¡Eso es lo más hermoso que me han dicho en toda mi vida!

*

—Ahora—, prosigue Trütty, —la sorpresa de la noche.   Tenemos con nosotros al gran señor, líder de la moda mundial, mi representante: ¡Phonsie Trucuzú!

Los aplausos resuenan en la sala.   Todos están agradecidos con Phonsie Trucuzú por haber descubierto el talento de Trütty.

—¡Grracias amigos míos, muchas grracias! Efectivamente Tenemos una sorrprresa parrra Mujerres MENSAZ A. C. Me he comprrometido con mi bellísima Trrütty—, cinco minutos más de aplausos, —parra rrifar una beca completa: quien rresulte ganadorra quedarrá totalmente en mis manos parra que yo la convierrta en una verrdaderra prrincesa y podrrá formar parrte del séquito de nuestrrra rrreina: ¡Trrrrrrütty!

Vítores y bravos llenan la sala.   Sé que ustedes esperarían que, mientras concluyen los aplausos, yo les contase cómo fue que Phonsie Trucuzú descubrió el talento indiscutible de Trütty, no obstante aún no es el momento, así que continuemos en el evento.

—Y ahora, amigos míos—, dice Trütty, —prepárense para ver la variedad a cargo de una de nuestras agradecidas beneficiadas. Esta mujer veracruzana, que era casi negra y pesaba más de 100 kilos, es ahora una de las más cotizadas vedettes de Top Less. Preparen un aplauso para nuestra máxima teibolera mexicana ¡Úrsula la blonda!

El show de Úrsula comienza y Trütty se levanta discretamente pues, hasta una Top Model debe ir al tocador a… polvearse la nariz, aunque en el caso de Trütty seguramente se dirige a vomitar los dos trozos de queso dietético que engulló y que, por muy dietético que sea, no deja de engordar. Además Trütty está muy nerviosa ya que uno de los meseros, precisamente el que trae la charola de los quesos dietéticos, ha logrado llamar enormemente su atención.  

Como la luz es tenue pues todos los reflectores se dirigen a Úrsula, Trütty va casi a tientas.   De pronto toca algo desconocido para sus manos que cambia de tamaño rápidamente.   Trütty alza la vista y sus ojos se encuentran con los de uno de los garroteros, que la mira con lujuria y especial fascinación.

—¡Perdone usted, joven!, creo que esto es suyo—, dice Trütty asustada e impresionada, soltando lo que se traía entre manos.

—No, señorita—, dice el garrotero acorralándola y tapándole la boca. —Ahora me cumple o me deja como estaba.

Naturalmente Trütty no puede gritar pues tiene la boca tapada, además de que no debe perder el glamour. El garrotero arranca su hermoso halter de seda color durazno y está a punto de despojarla del sostén cuando una charola golpea la cabeza del atacante. Varios quesos dietéticos salen volando y el garrotero cae desmayado. El mesero que había estado atendiendo tan eficientemente a Trütty acaba de salvar su honra, tal vez su vida.   Trütty, casi sin poder respirar, dice:

—Gracias, caballero. ¡Es usted mi héroe!—, y le da un beso.

—No ha sido nada, señorita. Estoy para servirle—, le dice ruborizado al tiempo que se quita el saco del frac para ponérselo a Trütty.

—¿Qué ha pasado?—, pregunta una voz sepulcral.

—¡Ahhhhhh!—, grita de pánico el heroico mesero.

—Nada, Horripilito, nada. Ese filibustero quiso propasarse conmigo, pero este caballero me ha salvado.

—Joven; es usted un héroe. Tome esta bicoca en pago—, le dice Horripilo sin poder quitar la vista de Trütty que en estos momentos viste como en una de sus tantas fantasías.

—Señor, ¡estos tres mil dólares me ofenden!

—Pero si son cinco mil.

—¡Ah, vaya!—, dice mientras se guarda el dinero.

—¿Cuál es su nombre, mi héroe anónimo?

—Alfonso Mondragón, señorita, pero puede recordarme como Poncho, el de los quesos.

—Pues bien, Ponchito, aquí tiene mi tarjeta, vaya a buscarme mañana porque quiero compensarlo de alguna manera.—Mil gracias, señorita—. Y Poncho, el de los quesos, se retira.—¿Qué hacemos con este cerdo?—, pregunta Horripilito refiriéndose al garrotero que yace inconsciente en el suelo, pero sin dejar de mirar a Trütty, cuyo atuendo deja muy poco a la imaginación.

—No quiero causarle ningún daño, Horripilito. Échaselo a los guaruras de los ministros…

 

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