La limusina se
detiene ante la alfombra roja y la multitud, antes enardecida,
enmudece de pronto. Una bien torneada y conocida pierna que
comienza a dibujarse desde un exquisito y delicado pie enmarcado
en unos zapatos con tacón del 12 y punta descubierta,
se asoma por la puerta del vehículo.
Con regio halter
de seda color durazno, la Top Model Trütty desciende
de la limusina. Su finísima cintura exalta aún
más sus redondas aunque finas caderas y sus firmes y
naturales pechos. Al cuello lleva una gasa vaporosa que, con
el viento, revolotea cual candorosa paloma. Sus pendientes y
gargantilla lucen un finísimo tejido de filigrana de
oro y platino, resaltado con brillantes diminutos de corte perfecto
y gusto exquisito.
La multitud sale
de su asombro en el momento que Trütty sonríe
con dulzura inaudita, luciendo sus dientes de blanquísimo
marfil. Envía besos y dice "los amo" en los
quince idiomas que domina, luego comienza su marcha al recinto
donde conducirá el evento para recaudar fondos para su
asociación altruista de ayuda a las Mujeres Maltratadas,
Engañadas, Necesitadas, Sometidas, Abandonadas y Zarandeadas
(Mujeres MENSAZ A. C.) que forma parte de su programa internacional
para rescatar a las mujeres sin personalidad.
*
¿Quién
podría imaginarse que, tan solo hace tres años,
este ángel hecho mujer era una simple criadita de casa
rica? ¡Sí, señoras y señores! La
encantadora Top Model Trütty no siempre fue la glamorosa
personalidad que conocemos hoy. Aún recuerdo cuando Trütty
era solo la candorosa Rubirrosa, una pobre pueblerina, de gruesas
trenzas azabache y grandes ojos verdes, resultado de la unión
de su madre con cierto arqueólogo francés que
fue a su pueblo para hacer investigaciones antropológicas
y cuyo único éxito radicó en procrear a
la belleza étnica que fue bautizada con el nombre de
Rubirrosa Paganel Schultz, ya que su abuela también tuvo
sus queveres con un extranjero, al parecer de origen alemán.
Cuando Rubirrosa
cumplió sus catorce abriles, su madre, para seguir la
tradición familiar, intentó apalabrar a Rubirrosa
con un holandés de no malos bigotes quien, también
arqueólogo, quería investigar con profundidad
las costumbres de los habitantes de la comarca. Pero Rubirrosa
no quería seguir los pasos de su madre, ella estaba dispuesta
a conservar intacta su virtud a costa de lo que fuera. Así
que un día tomó toda su ropa, la dobló
cuidadosamente, la metió en una caja de jabón
y partió, como tantos compatriotas, hacia la gran ciudad
en busca de fortuna.
Cuando la hermosa
Rubirrosa llegó a la casa donde trabajaba su madrina
Chencha, a quien considera más madre que a su madre biológica,
fue recibida con asco por la dueña de la casa, la señora
Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.
¿Tú
qué haces aquí, inmundicia de la sociedad?-,
preguntó altiva doña Eduviges Corcuera, viuda
de Tovar.
Vengo a
ver a mi madrina Chencha-, respondió candorosa Rubirrosa.
¡Ah!-,
exclamó doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.
Esa mujer está a punto de morir en su cuartucho.
Tuve que sacarla del hospital porque era caso perdido. Me
ha causado múltiples gastos y no pienso gastar un centavo
más ni para llevarla en pesera al Seguro.
Siñora,
¡por favor!-, dijo Rubirrosa con elocuente y quebrada
voz. -Déjeme ver a mi madrina. Se lo pido por la Virgencita
de Guadalupe y el Biato Juan Diego*-, y se puso de rodillas
ante doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.
¡Lárgate
de aquí, ojiverde india trenza ancha! ¡Me estás
ensuciando!
En ese momento
apareció Raymundo Federico Tovar y Corcuera, el hijo
de doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar, quien se percató
de que algo malo pasaba e intervino.
¡Oh,
madre! ¿Qué es lo que acontece?-, preguntó
mirando intrigado a la belleza autóctona que se arrastraba
desesperada por el piso, aferrada a la pierna de doña
Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.
Nada, Raymundo
Federico. No sucede nada. ¡Sólo me estoy deshaciendo
de esta silvestre!-, dijo doña Eduviges Corcuera, viuda
de Tovar, mientras pateaba las virginales asentaderas de la
atormentada Rubirrosa.
¡Por
favor joven!-, suplicó Rubirrosa con lágrimas
en los glaucos ojos. Pídale a su mamá
que me deje auxiliar a mi madrina Chencha en sus últimos
momentos.
Madre-,
dijo Raymundo Federico Tovar y Corcuera. Permite que
esta angelical aunque morena criatura cierre los ojos de ese
bondadoso ser que cuidó de mí mientras tú
jugabas canasta uruguaya con tus amigas de la alta sociedad.
Ven encantadora niña-, dijo Raymundo Federico Tovar
y Corcuera volviéndose hacia Rubirrosa. Yo te
guiaré
*En aquel entonces todavía no era San
Juan Diego
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