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   Capítulo 1 - Primera Parte

Dalia Rodríguez
dalia@q-bo.com
 





DE CÓMO EMPEZARON LAS TRIBULACIONES Y DESVENTURAS PARA LLEGAR A SER UNA TOP MODEL: Trütty

 

La limusina se detiene ante la alfombra roja y la multitud, antes enardecida, enmudece de pronto. Una bien torneada y conocida pierna que comienza a dibujarse desde un exquisito y delicado pie enmarcado en unos zapatos con tacón del 12 y punta descubierta, se asoma por la puerta del vehículo.

Con regio halter de seda color durazno, la Top Model Trütty desciende de la limusina. Su finísima cintura exalta aún más sus redondas aunque finas caderas y sus firmes y naturales pechos. Al cuello lleva una gasa vaporosa que, con el viento, revolotea cual candorosa paloma. Sus pendientes y gargantilla lucen un finísimo tejido de filigrana de oro y platino, resaltado con brillantes diminutos de corte perfecto y gusto exquisito.

La multitud sale de su asombro en el momento que Trütty sonríe con dulzura inaudita, luciendo sus dientes de blanquísimo marfil. Envía besos y dice "los amo" en los quince idiomas que domina, luego comienza su marcha al recinto donde conducirá el evento para recaudar fondos para su asociación altruista de ayuda a las Mujeres Maltratadas, Engañadas, Necesitadas, Sometidas, Abandonadas y Zarandeadas (Mujeres MENSAZ A. C.) que forma parte de su programa internacional para rescatar a las mujeres sin personalidad.

*

¿Quién podría imaginarse que, tan solo hace tres años, este ángel hecho mujer era una simple criadita de casa rica? ¡Sí, señoras y señores! La encantadora Top Model Trütty no siempre fue la glamorosa personalidad que conocemos hoy. Aún recuerdo cuando Trütty era solo la candorosa Rubirrosa, una pobre pueblerina, de gruesas trenzas azabache y grandes ojos verdes, resultado de la unión de su madre con cierto arqueólogo francés que fue a su pueblo para hacer investigaciones antropológicas y cuyo único éxito radicó en procrear a la belleza étnica que fue bautizada con el nombre de Rubirrosa Paganel Schultz, ya que su abuela también tuvo sus queveres con un extranjero, al parecer de origen alemán.

Cuando Rubirrosa cumplió sus catorce abriles, su madre, para seguir la tradición familiar, intentó apalabrar a Rubirrosa con un holandés de no malos bigotes quien, también arqueólogo, quería investigar con profundidad las costumbres de los habitantes de la comarca. Pero Rubirrosa no quería seguir los pasos de su madre, ella estaba dispuesta a conservar intacta su virtud a costa de lo que fuera. Así que un día tomó toda su ropa, la dobló cuidadosamente, la metió en una caja de jabón y partió, como tantos compatriotas, hacia la gran ciudad en busca de fortuna.

Cuando la hermosa Rubirrosa llegó a la casa donde trabajaba su madrina Chencha, a quien considera más madre que a su madre biológica, fue recibida con asco por la dueña de la casa, la señora Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.

—¿Tú qué haces aquí, inmundicia de la sociedad?-, preguntó altiva doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.

—Vengo a ver a mi madrina Chencha-, respondió candorosa Rubirrosa.

—¡Ah!-, exclamó doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar. —Esa mujer está a punto de morir en su cuartucho. Tuve que sacarla del hospital porque era caso perdido. Me ha causado múltiples gastos y no pienso gastar un centavo más ni para llevarla en pesera al Seguro.

—Siñora, ¡por favor!-, dijo Rubirrosa con elocuente y quebrada voz. -Déjeme ver a mi madrina. Se lo pido por la Virgencita de Guadalupe y el Biato Juan Diego*-, y se puso de rodillas ante doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.

—¡Lárgate de aquí, ojiverde india trenza ancha! ¡Me estás ensuciando!

En ese momento apareció Raymundo Federico Tovar y Corcuera, el hijo de doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar, quien se percató de que algo malo pasaba e intervino.

—¡Oh, madre! ¿Qué es lo que acontece?-, preguntó mirando intrigado a la belleza autóctona que se arrastraba desesperada por el piso, aferrada a la pierna de doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar.

—Nada, Raymundo Federico. No sucede nada. ¡Sólo me estoy deshaciendo de esta silvestre!-, dijo doña Eduviges Corcuera, viuda de Tovar, mientras pateaba las virginales asentaderas de la atormentada Rubirrosa.

—¡Por favor joven!-, suplicó Rubirrosa con lágrimas en los glaucos ojos. —Pídale a su mamá que me deje auxiliar a mi madrina Chencha en sus últimos momentos.

—Madre-, dijo Raymundo Federico Tovar y Corcuera. —Permite que esta angelical aunque morena criatura cierre los ojos de ese bondadoso ser que cuidó de mí mientras tú jugabas canasta uruguaya con tus amigas de la alta sociedad. Ven encantadora niña-, dijo Raymundo Federico Tovar y Corcuera volviéndose hacia Rubirrosa. —Yo te guiaré…

*En aquel entonces todavía no era San Juan Diego

   

 

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