Este Día del Padre
no lo tuve conmigo. No porque fuera un festejo importante para
los dos, sino porque mi Padre ya se fue.
Es difícil decirlo,
pero estos días lo he extrañado y no a la vez.
Paso a diario frente al café donde estuvimos tantas noches
platicando, discutiendo o simplemente en silencio, acompañándonos.
No he querido pararme ahí, escuchar las preguntas de
las meseras que tanto querían a mi padre. ¿Cómo
está? ¿Dónde está? Regálame
un café por favor y te lo platico. Nomás no ahorita.
El teléfono no cesó
de sonar. Nos llamó incluso su primo José Luis
de Asturias, aquél que nos rastreó incansable
para poder tener a la familia completa. Se quisieron como si
se conocieran de toda la vida, compartiendo anécdotas
de la familia, una en España, la otra en México,
dos ramas del mismo árbol. Nunca se vieron en persona,
pero eso no importó. Eran primos, casi hermanos.
Sus amigos de toda la vida.
Todo un escuadrón de rescatistas de la Cruz Roja, hombres
hechos quienes a lo largo de su vida han visto cosas que no
te desearían ni en tu peor pesadilla, se encuentran al
borde del llanto. Mi Padre fue quien tomó a 'Esa bola
de güeyes', como él les decía, primero como
sus 'esbirros' a los cuales había que enseñarles
desde marchar a cómo comportarse en una ambulancia hasta
convertirlos en sus hermanos. Ellos no lo veían como
su jefe, capitán o el rango que tuviera, lo veían
como uno de sus mejores amigos, alguien por quien dar la vida.
Y mi Padre lo hubiera hecho por ellos, por cualquiera de ellos,
en un parpadeo. Claro, repartiendo madrazos pa' que fuera más
sabroso, si no qué chiste.
No he llorado. No he podido.
Aún no.
Mi Padre tenía esa
sonrisa fácil, esa risa que te hacía sentir cómodo
desde la primera vez que lo veías. Podías ser
un perfecto desconocido y él te contaba toda su vida,
sus años en la Cruz Roja, describirte a la perfección
cómo era su escuela, el Instituto Patria, sus épocas
de futbolista cuando jugó con los Pumas de la UNAM, la
vida en Nacozari de García, Sonora (el nombre va completo),
y el trabajo que adoraba en Ferrocarriles Mexicanos (como sus
hermanos mayores no lo dejaban jugar con sus trenes de juguete,
pues ahora podía jugar con locomotoras de adeveras).
En media hora, conocías al hombre y su carácter.
Y su mejor talento, algo
que aún no he podido aprender: Sabía escuchar.
Con la pura mirada te dabas cuenta de que te entendía.
En muchas cosas, mi Padre
era único. Particularmente, el amor que siempre le tuvo
a mi Madre. Me costó mucho trabajo entender este punto
en particular, pues yo no puedo presumir de una buena relación
con ella. Pero eso a él no le importaba, las razones,
justificaciones, berrinches o pleitos solamente reforzaban su
amor a ella.
Mi Padre y mi Madre se divorciaron,
algo que yo hasta festejé en su momento. Un año
después, los dos se volvieron a casar... con ellos mismos.
Obviamente, no fui invitado a esa boda.
Hace un año, por
pura suerte -buena o mala, no lo sé-, le encontraron
una bola del diámetro de una pelota de golf en el pulmón
derecho. Mi Padre fumaba. Vaya que fumaba. El primer pleito
permanente que me aventé con él era hacerlo dejar
de fumar, desde que tenía 3 años. Empecé
por esconderle los cigarros, táctica que no funcionó
pues a la primera o segunda cachetada guajolotera aparecían
por arte de magia en su lugar. Después, por 'ai de los
6, cuando ya sabía leer, lo atosigaba con los constantes
artículos antitabaco del Selecciones. Él
se los saltaba para leer los chistes. En la preparatoria conseguí
una tomografía de un fumador, para ver si así
lo espantaba. No resultó. Para los 21 años ya
me había rendido e incluso sucumbido al Club de la Nicotina.
El diagnóstico fue
un tumor maligno, cáncer de células pequeñas.
Mi Padre había apagado su último Benson &
Hedges extra largo apenas un par de días antes del
veredicto.
No hubo miedo de parte
de mi Padre, ni de sus hijos ni de mi Madre. Todos entramos
a esta nueva etapa juntos. Durante la primera parte del tratamiento,
al principio, mi Padre cayó en muy malas manos en el
hospital Médica Sur y fueron meses de tratamiento por
otras cuestiones ajenas al cáncer. Posteriormente, gracias
al concejo de un gran amigo suyo, Juan Pablo, entró a
Clínica Londres, donde tuvo una notable mejoría.
Por un rato.
Mi Padre y yo nunca nos
engañamos. Él sabía cuando yo decía
una mentira y yo cuando él lo hacía. Teníamos
nuestra rutina cómica, en la que él se aventaba
una de sus historias y yo me dedicaba a molestarlo sarcásticamente,
hasta que me contestaba algo para que me quedara quieto. Los
dos disfrutábamos de esto enormemente. Cuando el pleito
era en serio, no podíamos estar enojados por mucho tiempo.
Mi padre incluso reconocía cuando se equivocaba, algo
de lo que no todo el mundo puede presumir. Y por supuesto, era
a la única persona en todo el mundo a la que yo le hacía
caso.
Los dos sabíamos
que iba a estar difícil. Los dos sabíamos que
se iba a morir de esto, pero no sabíamos cuándo.
Entre los dos no había falsos optimismos, y eso fue mil
veces mejor que una mentira, por piadosa que fuera.
Mi Padre siempre estuvo
conmigo, todo el tiempo. Las anécdotas son innumerables,
pero esta es de las primeras. Tenía yo cuatro años,
un carro para montar de juguete (Carcachita Lilí-Ledí
para los doctos) y pensaba que en él podía volar.
Tras el consecuente madrazo contra la pared y abrirme la barbilla
a la mitad, alcancé a ver a mi Padre, quien se encontraba
con sus cuñados platicando en la sala, saltar inmediatamente
a mi lado. Me tomó en sus brazos y de lo demás
solamente me queda una notoria cicatriz en lugar de un recuerdo.
Mi Padre nunca pudo ver a ninguno de sus hijos lastimado, y
si veía la sangre de cualquiera de nosotros, se desmayaba.
Como yo casi lo hago cuando
vi por primera vez la sangre que le sacaron para un estudio.
Su sangre estaba negra y densa como el petróleo.
Los tres últimos
meses, desde marzo, las radiaciones habían hecho maravillas
contra el tumor en el pulmón. Mi Padre se reunía
constantemente con sus amigos de la Cruz Roja, íbamos
a cenar al VIP'S, hablaba a cada rato con sus hermanos mayores,
Rafael y Enrique. La prima Carmina y Agustín eran presencias
constantes en la casa. La relación entre mis padres era
estupenda.
Debido a la enfermedad,
mi Padre estuvo a punto de perder su trabajo pues lo estaban
forzando a obtener una incapacidad total y permanente. A mediados
de abril, como torero partiendo plaza, mi Padre hizo su regreso
triunfal a su trabajo. Se fue de viaje de supervisión
a Guadalajara, Irapuato y Hermosillo con el mismo recibimiento.
Mi Padre también dedicó mucho tiempo a contestar
los mensajes de todos sus amigos que le deseaban una pronta
recuperación y estaban aliviados de verlo de nuevo en
acción. Mi Padre era verdaderamente feliz.
-¿'Tons qué,
Padre? ¿Le subo al oxígeno?
Él ya no me podía
contestar, sólo movía la cabeza afirmativamente.
Y yo ya no le podía subir más al oxígeno.
La última semana
y media había sido tumultuosa. El lunes en la mañana,
se había vestido y estaba listo para ir a su oficina
cuando me llamó. No podía respirar y quería
que lo llevara a su trabajo. Yo lo volví a meter a su
cama, le enchufé el oxígeno y le dije que me hablara
cuando se sintiera mejor para llevarlo. A mediodía estaba
hospitalizado con lo que parecía ser una neumonía
y el diagnóstico no era nada bueno. O era el cáncer
que se había reactivado o era tuberculosis. Elige la
menos peor.
Regresó a la casa
por un fin de semana, pues los médicos querían
que "estuviera más tranquilo y evitar contagiarlo
con algo en el hospital". Las comillas no podían
ser más grandes
El martes, concilio familiar:
la situación de mi padre empeoraba, se encontraba totalmente
agotado. Crisis, pues casi se acaba el oxígeno y no llegaba
el tanque nuevo. Ambulancia. Cuando lo levantaron de su cama,
la mirada de mi Padre me lo dijo todo: él sabía
que no iba a regresar.
El miércoles fue
un día de despedidas. El cáncer se había
extendido en ambos pulmones a una velocidad casi viral. No era
neumonía. No había nada que hacer. Mi Padre lo
sabía. Llegaron sus hermanos, Rafael, el mayor, no podía
hablar, estaba incrédulo. Enrique estuvo con él
toda esa noche. Mi Madre que necesitaba descansar, tras días
de agotamiento, no se despegó de su lado.
-Necesito que respires,
Padre.
Al acercarse mi Madre a
su cama, sus signos vitales mejoraban visiblemente. No cualquiera
hace eso.
Llegó el jueves más
gris y frío que me haya tocado en Junio. Toda su familia
estuvo con él hasta su último aliento. Mi primo
Gerardo, quien fue otro hijo para él, y mi tío
Amado, su hermano más que cuñado, y responsable
de presentarle a la mujer que amaría hasta el final también
llegó. Telefonazos a la oficina, a sus amigos, a la familia.
A mi Padre le hubiera encantado.
Fue el funeral más concurrido que yo haya visto en mi
vida. Afuera caía un impresionante aguacero, adentro
llovían amigos. Toda la noche hubo Guardias de Honor
de socorristas de la Cruz Roja. Me lo pude imaginar con esa
gran sonrisa de orgullo.
Mi Madre, más que
recibir consuelo, se lo proporcionaba a todos los compañeros
de mi Padre, quienes no podían lidiar con el hecho. 'Comparto
tu dolor'. 'Era tan fuerte'. 'Se veía tan bien hace dos
semanas'.
Ei. Y luchó hasta
el final. No se dejó. Fue feliz.
Tuvo a su esposa a su lado.
La amaba más que a la vida. Sus hijos tuvimos la oportunidad
de cuidarlo casi como él nos cuidó a nosotros.
Se reconcilió con la vida, con sus hermanos, con sus
amigos. Demostró que podía. No vivió muriéndose
como tantos otros, al contrario, hizo lo que le gustaba junto
con los que amaba hasta el final. ¿Qué más
se le puede pedir a la vida?
Dos días atrás
tuvimos esta conversación:
-Te quiero, hijo.
-Te quiero, Padre.
No nos dijimos nada más.
No fue necesario.
Ese es mi Padre, Luis Alfonso
Álvarez Carpio.
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