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   Un pequeño homenaje a mi Padre

Luis Alvarez
Q-bo.com 
 





 

Cuando queda mucho más que el recuerdo

 

Este Día del Padre no lo tuve conmigo. No porque fuera un festejo importante para los dos, sino porque mi Padre ya se fue.

Es difícil decirlo, pero estos días lo he extrañado y no a la vez. Paso a diario frente al café donde estuvimos tantas noches platicando, discutiendo o simplemente en silencio, acompañándonos. No he querido pararme ahí, escuchar las preguntas de las meseras que tanto querían a mi padre. ¿Cómo está? ¿Dónde está? Regálame un café por favor y te lo platico. Nomás no ahorita.

El teléfono no cesó de sonar. Nos llamó incluso su primo José Luis de Asturias, aquél que nos rastreó incansable para poder tener a la familia completa. Se quisieron como si se conocieran de toda la vida, compartiendo anécdotas de la familia, una en España, la otra en México, dos ramas del mismo árbol. Nunca se vieron en persona, pero eso no importó. Eran primos, casi hermanos.

Sus amigos de toda la vida. Todo un escuadrón de rescatistas de la Cruz Roja, hombres hechos quienes a lo largo de su vida han visto cosas que no te desearían ni en tu peor pesadilla, se encuentran al borde del llanto. Mi Padre fue quien tomó a 'Esa bola de güeyes', como él les decía, primero como sus 'esbirros' a los cuales había que enseñarles desde marchar a cómo comportarse en una ambulancia hasta convertirlos en sus hermanos. Ellos no lo veían como su jefe, capitán o el rango que tuviera, lo veían como uno de sus mejores amigos, alguien por quien dar la vida. Y mi Padre lo hubiera hecho por ellos, por cualquiera de ellos, en un parpadeo. Claro, repartiendo madrazos pa' que fuera más sabroso, si no qué chiste.

No he llorado. No he podido. Aún no.

Mi Padre tenía esa sonrisa fácil, esa risa que te hacía sentir cómodo desde la primera vez que lo veías. Podías ser un perfecto desconocido y él te contaba toda su vida, sus años en la Cruz Roja, describirte a la perfección cómo era su escuela, el Instituto Patria, sus épocas de futbolista cuando jugó con los Pumas de la UNAM, la vida en Nacozari de García, Sonora (el nombre va completo), y el trabajo que adoraba en Ferrocarriles Mexicanos (como sus hermanos mayores no lo dejaban jugar con sus trenes de juguete, pues ahora podía jugar con locomotoras de adeveras). En media hora, conocías al hombre y su carácter.

Y su mejor talento, algo que aún no he podido aprender: Sabía escuchar. Con la pura mirada te dabas cuenta de que te entendía.

En muchas cosas, mi Padre era único. Particularmente, el amor que siempre le tuvo a mi Madre. Me costó mucho trabajo entender este punto en particular, pues yo no puedo presumir de una buena relación con ella. Pero eso a él no le importaba, las razones, justificaciones, berrinches o pleitos solamente reforzaban su amor a ella.

Mi Padre y mi Madre se divorciaron, algo que yo hasta festejé en su momento. Un año después, los dos se volvieron a casar... con ellos mismos. Obviamente, no fui invitado a esa boda.

Hace un año, por pura suerte -buena o mala, no lo sé-, le encontraron una bola del diámetro de una pelota de golf en el pulmón derecho. Mi Padre fumaba. Vaya que fumaba. El primer pleito permanente que me aventé con él era hacerlo dejar de fumar, desde que tenía 3 años. Empecé por esconderle los cigarros, táctica que no funcionó pues a la primera o segunda cachetada guajolotera aparecían por arte de magia en su lugar. Después, por 'ai de los 6, cuando ya sabía leer, lo atosigaba con los constantes artículos antitabaco del Selecciones. Él se los saltaba para leer los chistes. En la preparatoria conseguí una tomografía de un fumador, para ver si así lo espantaba. No resultó. Para los 21 años ya me había rendido e incluso sucumbido al Club de la Nicotina.

El diagnóstico fue un tumor maligno, cáncer de células pequeñas. Mi Padre había apagado su último Benson & Hedges extra largo apenas un par de días antes del veredicto.

No hubo miedo de parte de mi Padre, ni de sus hijos ni de mi Madre. Todos entramos a esta nueva etapa juntos. Durante la primera parte del tratamiento, al principio, mi Padre cayó en muy malas manos en el hospital Médica Sur y fueron meses de tratamiento por otras cuestiones ajenas al cáncer. Posteriormente, gracias al concejo de un gran amigo suyo, Juan Pablo, entró a Clínica Londres, donde tuvo una notable mejoría.

Por un rato.

Mi Padre y yo nunca nos engañamos. Él sabía cuando yo decía una mentira y yo cuando él lo hacía. Teníamos nuestra rutina cómica, en la que él se aventaba una de sus historias y yo me dedicaba a molestarlo sarcásticamente, hasta que me contestaba algo para que me quedara quieto. Los dos disfrutábamos de esto enormemente. Cuando el pleito era en serio, no podíamos estar enojados por mucho tiempo. Mi padre incluso reconocía cuando se equivocaba, algo de lo que no todo el mundo puede presumir. Y por supuesto, era a la única persona en todo el mundo a la que yo le hacía caso.

Los dos sabíamos que iba a estar difícil. Los dos sabíamos que se iba a morir de esto, pero no sabíamos cuándo. Entre los dos no había falsos optimismos, y eso fue mil veces mejor que una mentira, por piadosa que fuera.

Mi Padre siempre estuvo conmigo, todo el tiempo. Las anécdotas son innumerables, pero esta es de las primeras. Tenía yo cuatro años, un carro para montar de juguete (Carcachita Lilí-Ledí para los doctos) y pensaba que en él podía volar. Tras el consecuente madrazo contra la pared y abrirme la barbilla a la mitad, alcancé a ver a mi Padre, quien se encontraba con sus cuñados platicando en la sala, saltar inmediatamente a mi lado. Me tomó en sus brazos y de lo demás solamente me queda una notoria cicatriz en lugar de un recuerdo. Mi Padre nunca pudo ver a ninguno de sus hijos lastimado, y si veía la sangre de cualquiera de nosotros, se desmayaba.

Como yo casi lo hago cuando vi por primera vez la sangre que le sacaron para un estudio. Su sangre estaba negra y densa como el petróleo.

Los tres últimos meses, desde marzo, las radiaciones habían hecho maravillas contra el tumor en el pulmón. Mi Padre se reunía constantemente con sus amigos de la Cruz Roja, íbamos a cenar al VIP'S, hablaba a cada rato con sus hermanos mayores, Rafael y Enrique. La prima Carmina y Agustín eran presencias constantes en la casa. La relación entre mis padres era estupenda.

Debido a la enfermedad, mi Padre estuvo a punto de perder su trabajo pues lo estaban forzando a obtener una incapacidad total y permanente. A mediados de abril, como torero partiendo plaza, mi Padre hizo su regreso triunfal a su trabajo. Se fue de viaje de supervisión a Guadalajara, Irapuato y Hermosillo con el mismo recibimiento. Mi Padre también dedicó mucho tiempo a contestar los mensajes de todos sus amigos que le deseaban una pronta recuperación y estaban aliviados de verlo de nuevo en acción. Mi Padre era verdaderamente feliz.

-¿'Tons qué, Padre? ¿Le subo al oxígeno?

Él ya no me podía contestar, sólo movía la cabeza afirmativamente. Y yo ya no le podía subir más al oxígeno.

La última semana y media había sido tumultuosa. El lunes en la mañana, se había vestido y estaba listo para ir a su oficina cuando me llamó. No podía respirar y quería que lo llevara a su trabajo. Yo lo volví a meter a su cama, le enchufé el oxígeno y le dije que me hablara cuando se sintiera mejor para llevarlo. A mediodía estaba hospitalizado con lo que parecía ser una neumonía y el diagnóstico no era nada bueno. O era el cáncer que se había reactivado o era tuberculosis. Elige la menos peor.

Regresó a la casa por un fin de semana, pues los médicos querían que "estuviera más tranquilo y evitar contagiarlo con algo en el hospital". Las comillas no podían ser más grandes

El martes, concilio familiar: la situación de mi padre empeoraba, se encontraba totalmente agotado. Crisis, pues casi se acaba el oxígeno y no llegaba el tanque nuevo. Ambulancia. Cuando lo levantaron de su cama, la mirada de mi Padre me lo dijo todo: él sabía que no iba a regresar.

El miércoles fue un día de despedidas. El cáncer se había extendido en ambos pulmones a una velocidad casi viral. No era neumonía. No había nada que hacer. Mi Padre lo sabía. Llegaron sus hermanos, Rafael, el mayor, no podía hablar, estaba incrédulo. Enrique estuvo con él toda esa noche. Mi Madre que necesitaba descansar, tras días de agotamiento, no se despegó de su lado.

-Necesito que respires, Padre.

Al acercarse mi Madre a su cama, sus signos vitales mejoraban visiblemente. No cualquiera hace eso.

Llegó el jueves más gris y frío que me haya tocado en Junio. Toda su familia estuvo con él hasta su último aliento. Mi primo Gerardo, quien fue otro hijo para él, y mi tío Amado, su hermano más que cuñado, y responsable de presentarle a la mujer que amaría hasta el final también llegó. Telefonazos a la oficina, a sus amigos, a la familia.

A mi Padre le hubiera encantado. Fue el funeral más concurrido que yo haya visto en mi vida. Afuera caía un impresionante aguacero, adentro llovían amigos. Toda la noche hubo Guardias de Honor de socorristas de la Cruz Roja. Me lo pude imaginar con esa gran sonrisa de orgullo.

Mi Madre, más que recibir consuelo, se lo proporcionaba a todos los compañeros de mi Padre, quienes no podían lidiar con el hecho. 'Comparto tu dolor'. 'Era tan fuerte'. 'Se veía tan bien hace dos semanas'.

Ei. Y luchó hasta el final. No se dejó. Fue feliz.

Tuvo a su esposa a su lado. La amaba más que a la vida. Sus hijos tuvimos la oportunidad de cuidarlo casi como él nos cuidó a nosotros. Se reconcilió con la vida, con sus hermanos, con sus amigos. Demostró que podía. No vivió muriéndose como tantos otros, al contrario, hizo lo que le gustaba junto con los que amaba hasta el final. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Dos días atrás tuvimos esta conversación:

-Te quiero, hijo.
-Te quiero, Padre.

No nos dijimos nada más. No fue necesario.

Ese es mi Padre, Luis Alfonso Álvarez Carpio.

 

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